En una de las regiones con mayor biodiversidad del mundo, los países se enfrentan a una creciente degradación de la tierra y redoblan sus esfuerzos para la resiliencia En Panamá, la relación entre la tierra y el agua es patente se mire donde se mire. Las laderas boscosas alimentan los ríos que sustentan a las comunidades, los ecosistemas y una de las vías fluviales más estratégicas del mundo. La geografía del país es un recordatorio de algo que América Latina y el Caribe saben bien: una tierra saludable es sinónimo de resiliencia; mientras que una tierra que se degrada daña las economías y las sociedades sin tener en cuenta las fronteras. Esta constatación es cierta para los 33 países de la región. Desde las tierras áridas del norte de México hasta las selvas tropicales del Amazonas y las naciones insulares del Caribe, América Latina y el Caribe poseen una riqueza natural extraordinaria, pero también están experimentando algunos de los cambios ambientales más rápidos del mundo. Según las últimas evaluaciones de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD), 394 millones de hectáreas, casi una quinta parte de la superficie terrestre registrada, ya están degradadas. En algunas subregiones, las estimaciones científicas llegan hasta el 40 %. Solo en Panamá, más del 32 % de la tierra muestra signos de degradación. Estas presiones adoptan muchas formas. En el Corredor Seco, los cambios en los patrones de lluvia afectan a los cultivos e incluso a las rutas de navegación. En la cuenca del Amazonas, las estaciones secas récord han puesto a prueba los ríos esenciales para la alimentación, la energía hidroeléctrica y el transporte. En la cuenca del Río de la Plata, una sequía prolongada ha influido en los precios mundiales de las materias primas. Los incendios forestales, que antes eran esporádicos, ahora son más frecuentes en varios países. Para las islas pequeñas con reservas limitadas de agua dulce, la escasez de agua es cada vez más grave. Sin embargo, la región también muestra su determinación y creatividad. Las comunidades están restaurando laderas degradadas, reactivando la agrosilvicultura, protegiendo las cuencas hidrográficas y fortaleciendo los sistemas de alerta temprana. Su trabajo refleja lo que la secretaria ejecutiva de la CNULD, Yasmine Fouad, describió como la base de la resiliencia: “Las tierras y los suelos sanos son la base de la alimentación, el agua, la estabilidad y la paz”. Este compromiso es visible en la vida cotidiana: en la forma en que los agricultores se adaptan a los cambios en las precipitaciones, en el manejo de las tierras por parte de los pueblos indígenas, en la recuperación de los bosques y pastizales, y en las iniciativas locales que protegen las fuentes de agua. En conjunto, estos esfuerzos forman un mosaico de resiliencia, desde los paisajes montañosos hasta las llanuras costeras. Realidades regionales, diálogo global Los retos y soluciones compartidos than servido de base para los recientes intercambios en la ciudad de Panamá, celebrados paralelamente a la 23.ª sesión del Comité de Examen de la Aplicación de la Convención (CRIC23). Aunque no se trata de un foro de negociación, CRIC23 brindó a los países la oportunidad de reflexionar sobre preocupaciones comunes y contribuir a un debate más amplio sobre la tierra y la resiliencia. La experiencia vivida en la región refleja sus presiones medioambientales: los agricultores se adaptan a los nuevos patrones estacionales, los custodios indígenas restauran los paisajes con conocimientos ancestrales y los gobiernos desarrollan estrategias para gestionar las sequías que transforman sectores enteros. Al mismo tiempo, están surgiendo nuevas oportunidades, desde soluciones basadas en la naturaleza hasta la gestión integrada de incendios y la planificación a largo plazo para las sequías. En medio de estos intercambios, Brasil hizo un claro llamamiento a la acción coordinada a nivel regional y mundial. Edel Moraes, secretario nacional de Pueblos Tradicionales, Comunidades Locales y Desarrollo Rural Sostenible del Ministerio de Medio Ambiente de Brasil, destacó: “La degradación de tierras y el aumento de los riesgos de sequía exigen una acción urgente y coordinada. Proteger los suelos, restaurar los ecosistemas y fortalecer los territorios resistentes a la sequía es esencial para la seguridad alimentaria y la prosperidad rural. Brasil destaca el liderazgo de las mujeres, los pueblos indígenas y las comunidades locales, cuyos conocimientos y gestión son fundamentales para el éxito de la restauración y la gestión sostenible de la tierra. También pedimos una mayor sinergia entre las Convenciones de Río —la CNULD, la CMNUCC y el CDB— para reducir la fragmentación, armonizar el apoyo y ampliar el acceso a una financiación predecible para los países en desarrollo. Brasil mantiene su compromiso de promover soluciones integradas que aporten beneficios reales sobre el terreno y apoyen una transición justa, inclusiva y sostenible”. Los gobiernos ya están poniendo en marcha marcos sólidos para restaurar tierras y preapararse para las sequías. El siguiente paso es movilizar inversiones a la escala necesaria. Como en muchas regiones, las limitaciones financieras restringen la capacidad de destinar fondos sostenidos al cuidado de las tierras y el agua. De aquí la importancia de ampliar el acceso a diversas fuentes de financiación pública, privada y comunitaria. El liderazgo de Panamá en materia de tierras, agua y acción climática Panamá ilustra la interconexión que están la tierra, el agua y la estabilidad económica. Sus bosques y cuencas hidrográficas sustentan la biodiversidad, los medios de vida locales y un canal que transporta el 6 % del comercio mundial. Pocos países muestran más claramente cómo la gestión medioambiental apoya las economías nacionales y mundiales. El Compromiso con la Naturaleza del país aúna la tierra, la biodiversidad y la acción climática en una única visión estratégica. Demuestra cómo las soluciones basadas en la naturaleza pueden servir a las comunidades al tiempo que promueven los objetivos de desarrollo nacional y los objetivos de las tres Convenciones de Río. Y desde el traslado de la oficina regional de la CNULD a la ciudad de Panamá a principios de 2024, la cooperación entre las naciones de América Latina y el Caribe se ha profundizado, fortaleciendo la capacidad de la región para acelerar la acción colectiva. El camino hacia la COP17 Las perspectivas que surgieron en Panamá contribuirán a la contribución de la región a la 17.ª sesión de la Conferencia de las Partes (COP17) de la CNULD, que se celebrará en Ulán Bator del 17 al 28 de agosto de 2026. La resiliencia a la sequía, los pastizales, el liderazgo indígena y la financiación de la restauración serán temas centrales, y América Latina y el Caribe, caracterizados tanto por su vulnerabilidad como por su inmenso potencial de restauración, desempeñarán un papel decisivo. Surgió con fuerza un mensaje compartido: la restauración de la tierra comienza con las personas. Como destacó el Secretario Ejecutivo de la CNULD: “No se puede proteger la tierra sin proteger a las personas que la cuidan: las mujeres, los jóvenes, los custodios indígenas, los agricultores y los pastores. Si queremos una tierra más saludable, debemos fortalecer los derechos, los recursos y las oportunidades de las comunidades que dependen de ella.” Su mensaje resonó en Panamá, reforzando el reconocimiento de la región de que los paisajes resilientes tienen sus raíces en comunidades resilientes. Mirando hacia el futuro Se está perfilando una dirección común: restaurar la tierra, fortalecer la resiliencia a la sequía y situar a las comunidades en el centro de la acción. Desde el Amazonas hasta los Andes, desde el Corredor Seco hasta el mar Caribe, América Latina y el Caribe están trabajando por un futuro en el que una tierra saludable sustente comunidades prósperas y en el que el liderazgo regional ayude a orientar la acción global de cara a la COP17 y más allá.